6/02/2006

Rogelio Leos

ALBERCA OLÍMPICA

Yo tengo mis propias olimpiadas. Entre lo real y lo mágico.
Despierto a las 8:30 de la mañana. La cafetera eléctrica ya me está cerrando el ojo, seduciéndome irresistiblemente a usurpar una taza de café filtrado, del bueno. Tal vez me tome otra mientras leo el correo electrónico y escucho las noticias internacionales.

Listo

Goggles, toalla, llave de casillero, traje de baño deportivo, gorra de hule, sandalias, tapones de oídos, el kit completo. Son las 11 de la mañana y yo entro por la puerta principal. Zona de no fumar, humedad relativa de 150 %. Al fondo, la cámara de vapor y las regaderas. Le anteceden los vestidores, espejos, lavabos y sanitarios. Previamente, es decir bajando las escaleras a la izquierda del lobby, están los aparatos, las pesas.

Calentando Motores

Media hora al día es suficiente para mí. Series de lagartijas, mancuernas para bíceps, poleas para la espalda, pesas para tríceps y pectorales, pesas con polea para muslo y escalones para las pantorrillas. Ejercicios de estiramiento, un regaderazo y afuera, al aire libre: La alberca olímpica. Nadie la frecuenta a estas horas. En ocasiones sólo está el encargado de filtrar el agua y retirar con una red cualquier impureza que se pueda acumular en las orillas como hojas secas o insectos.

Medito unos 10 minutos, no recuerdo nada ni a nadie aún. Mi mente está en blanco, mi sistema nervioso en paz. Mis músculos levemente hinchados, Sólo los trabajé como calentamiento y no por físico culturismo. Cerca de la alberca hay unos columpios. Me balanceo levemente unos minutos bajo el sol y con la música por dentro, mis pasos me transportan hacia miles de litros, millones de moléculas vacilantes.

5, 4, 3, 2, 1, Splash!!!

La temperatura disminuye unos 5 grados centígrados y mi cuerpo siempre horizontal lleva la inercia del clavado de punta con el que en menos de cinco segundos me concentro en la correcta técnica para el mejor aprovechamiento de cuarenta minutos continuos o mil metros al día. Llego en segundos a la orilla y apenas tocando con las yemas de los dedos la orilla de la alberca, me repliego sobre mi abdomen en posición de barril y el mismo movimiento produce un giro en sentido contrario a la vez que las piernas se desdoblan para dar un fuerte impulso y continuar el nado de croll.
Sin darme cuenta, el nado se automatiza y mi mente se relaja.
Residuos oníricos de la misma mañana regresan mientras tanto a mi mente. La música también se escucha interiormente.

Afuera

Afuera de este mundo acuático, los camiones urbanos se escuchan tras una barda divisoria. La ciudad murmura entre cláxones y sonidos de motos también. ¿Fauna? Si, fauna de la jungla asfáltica y no menos asfálticas las alimañas canturreantes que silban deliciosas melodías allá trepadas en los árboles.
Un palomo danza frenéticamente para impresionar a su hembra cuando un ataque de comezón lo invade por completo y aborta su rito, dejando solita a su blanca palomita y tal vez para no contagiarle sus parásitos, el macho se aleja volando desde el jardín lateral de la alberca hasta el pico de un poste telefónico para seguir rascándose.

Sireno Moreno

Mitad pez mitad humano, el agua es mi elemento por las mañanas. Otro yo que no está afuera del agua, otra experiencia indescriptible.

Monótono es nadar esquemática y técnicamente. ¿Categoría de "nado libre"?
Yo no me trago la píldora porque yo no tengo entrenador ni cronómetro en mis rutinas.
No soy libre en mi nado porque me gusta depurar mis movimientos de brazos y piernas así como el ritmo de mi respiración sin llegar a la fatiga para lo cual es importantísima la economía de movimiento y postura hasta de la cabeza y de las palmas de las manos.

Lo que sí es nado libre son todos esos sueños, personajes, situaciones imaginarias, música antigua y música nueva, que mi mente genera como las burbujas de mi boca en el nado libre, liberado al menos por 40 minutos del precio de la gasolina, del alza en las tarifas, de problemas políticos, de la veracidad de los medios, de la nota roja.

Mucha gente no puede estar en el agua. Muchos animales tampoco. El agua es un medio ambiente peligroso pero ese peligro me tiene sin la mínima preocupación porque sólo sé nadar en albercas olímpicas y nunca nadaría en ninguna presa, ningún río ni en el mar.
Soy una persona de grandes ciudades. Un caifán más que no intenta lavar su conciencia en las aguas purificadas de la alberca olímpica ni de la regadera en los vapores.
Sólo es que me viaja nadar, sobre todo en piloto automático. Es como ir al cine.

5/25/2006

Adrián Herrera

Crónicas de viaje de un regiomontano de pura cepa por la tierra de los teutones (nada que ver con pasiones futboleras)

3/07/2006

José de la Paz

La sonrisa de Bob Marley

Natural Mystic está dando su toquín semanal. Es viernes en el bar Clandestino y todo mundo sabe a qué viene. En ocasiones a cada estilo musical le corresponde un lugar, un día, un horario particular dentro las lunas etílicas del Barrio Antiguo. En esta casona de la calle Matamoros, todos los viernes, cuando las doce rondan el reloj, el cotorreo se tiñe verde, amarillo, rojo y negro. y la cadencia del reggae mueve hasta los huesitos. Jorge y Brenda se miran mutuamente. —Vamos a bailar —dice él—, esa rola es la mamada. —Órale —asiente ella—, pero antes compremos otras chelas, ¿no?

La barra está hasta la madre, todo el lugar es un hervidero de gente. Hacen fila, avanzan rapidito. Ya están danzando entre la raza, frente al escenario, con los brazos arriba siguiendo el ritmo a contratiempo de la guitarra. Desfilan los covers emblemáticos: “I shot the sheriff”, “Jamming”, “Buffalo soldier”, “No woman no cry”. Los que llevan rastas corean todas las canciones; el resto se funde en la tonadita: Get up, stand up/ Stand up for your rights!/ Get up, stand up/ Don’t give up the fight!

El pisto y la música nunca dejan de correr. Alrededor de Jorge y Brenda emerge el aliento a hierba, la transpiración de los cuerpos, los besos que saben a cerveza. Ella baila pegadito, él se arrima más. No quieren que la noche acabe, hay que seguir bailando, no importa que el sol salga. En los labios de Brenda hay un mensaje para Jorge: el incendio alumbrará la noche. Pintado en la pared, Bob Marley sonríe.

El puente Zaragoza

Bajo del camión en 16 de Septiembre. Dejo atrás la colonia Independencia para tomar el puente Zaragoza y caminar al corazón de la ciudad. Al pasar por ahí me gusta mirar abajo, ver desde arriba los coches aparcados en el río Santa Catarina. Si el mar fuera estacionamientos, relleno a base de escombros y canchas de fútbol, tantas como para asombrar a Diego Armando Maradona, Monterrey sería una playa y el poema de Alfonso Reyes sobre el sol regiomontano se cantaría en todos los puertos del mundo. Aquí en el lecho del río los tejabanes arderían y en su lugar se construirían bungalows y hoteles de tiempo compartido; los carretoneros navegarían en yates que anclarían en la marina de Santa Lucía; las cabras y los caballos que aquí abajo pastan durante los días soleados serían delfines, tiburones o un cardumen de peces lápiz; el puente Zaragoza aparecería en postales como el Golden Gate, y Jacques Cousteau vendría a descubrirnos. Pero el mar está formado por agua de intenso azul, tanta como si fuera un espejo del cielo, y por el río Santa Catarina solo corre una lágrima verde. Y el puente Zaragoza luce como una calle cualquiera, con vendedores de periódicos y limosneros en sillas de ruedas. Y yo lo cruzo para llegar al trabajo.

Los bolsillos del Dragón

Cambia la luz, el vehículo detiene la marcha y entonces aparece el trapo volando hacia el parabrisas. Se proyecta como una mierda de paloma, con una desfachatez tan habitual que resulta tolerable. El trapo, una playera vieja, derrama su ponzoña sobre la superficie del cristal. El conductor pone atención, observa el ir y venir de la escobilla de goma, y se le revela el rostro del chavo, que ahora tiene un bigote escaso, y una playera con las mangas recortadas, y shorts, y un tatuaje que no conoce el buen gusto.

Le dicen El Dragón. Los compas del crucero de Rodrigo Gómez y Fidel Velásquez lo respetan. Es un bato loco, bien machín, pero eso vale madre, por lo menos para quien está tras el volante de un deportivo, quizá un licenciado camino al Palacio de Justicia, más adelante en avenida Penitenciaria, que ahora baja la ventanilla apenas unos centímetros y le alcanza un par de monedas. Luz verde y el coche se pierde. Veo al Dragón desde aquí, a través de mi ventana, examinándose las bolsas del short, rascándose cabeza y sobacos. Voltea hacia acá, lo veo venir.

Cuando entra, el ruido de la calle enmudece y sus dientes escupen un quihubo. Vacía sus bolsillos sobre la vitrina de la farmacia. Separa primero las monedas grandes de las chicas y hace montoncitos de diez pesos. Los paqueteritos de Soriana no han venido y falta morralla. Al Dragón se le caen las monedas de la manos, se le escapan entre los dedos. El Dragón anda grifo. Lo que humea de su cabeza no es cansancio, es la chela y la mota y el resistol, que le brotan de los ojos como el vapor de una olla exprés. Hace cuentas, pregunta cuánto cuesta la leche Nido. Dice que no le alcanza y su voz se quiebra como el botón aplastado de una flor. Le indico el letrero: hoy no fío, mañana sí. Su vieja está esperando.

La basura pasa los martes

Dicen que no hay verdades absolutas, pero si la basura no está dentro de una bolsa el camión ni por equivocación se la lleva. No importa que esté dentro del bote. La cuestión es muy sencilla: debe estar dentro de una bolsa. Ni hablar. La ponemos en bolsa. ¿Cuándo se hicieron tan mamones los de la basura? Pero el problema es otro. Los vecinos, los nuevos, los que acaban de cambiarse, aquí al lado, los que levantaron esa casota que hasta transformador propio querían ponerle.

Estos vecinos que parece que ni viven aquí. Vienen de vez en cuando, pasan aquí algunos días, nadie los viene a visitar, bueno, una vez parece que hicieron una piñata porque vimos llegar a una pareja con un niño en brazos y un regalo, pero bueno, decía que vienen unos días y luego se van y a veces pasan semanas para que vuelvan. La que viene de vez en cuando es una muchacha para hacerles el aseo. El otro día la vi barriendo las hojas que cayeron del árbol que tienen frente a la cochera. Lo que me enojó fue que la muchacha vaciaba las hojas en nuestro basurero, pues ellos no tienen. Y no es que me moleste que usen mi basurero, aunque ellos deberían tener el suyo, lo que pasa es que me echa las hojas y me llena el bote, y luego viene la basura y no ve bolsas y no se lleva nada. Y entonces, ¿qué hago yo con la pinches hojas de su árbol?

Por eso, cuando los vea que están aquí, les voy a decir que compren su basurero. Pero Emma, la vecina que tiene el hijo soldado en Estados Unidos y que vive enfrente de ellos, me dijo que no los molestara. Me dijo mira la casa, las camionetas que traen, la pinta que tienen, esos son narcos. Y le dije pues ya sé, si todos saben que Las Torres está llena de narcos, nomás les voy a decir que la basura pasa los martes y que compren su bote. Pues luego qué.

Sacatín para los tabiros

Ese güey es bien hojaldra, me cae, no dispara ni en defensa propia. Siempre quiere mamar chela grapa sin apolingar ni un varo. Ya de perdido sacatín para los tabiros, zacatito pa´l conejo, le dice la banda, pero nel, siempre se hace pendejo. Nos dice, no traigo varo, neta, y el bato siempre trae los delicados sordeados en la mochila. Pero nel, ya sabemos ques culo, bien ornitorrinco, por eso ya lo vamos a desfanar. El otro día, saliendo de la prepa, nos fuimos al cine Cuauhtémoc, cada quien con su nalga, y el bato, culo que es, no le quería pichiar la entrada a la Susy, su morrilla, y adentro el muy prángana ya ni quiso hablarse para las pepsis. Hasta las palomitas para su vieja me tumbó. ¡Ya ni la chinga! Nel, a ese güey ya lo vamos a desafanar, ya lo vamos a tirar a lucas, nomás deja que vayamos al cine otra vez, nomás por que ya habíamos quedado con las morras. Chance y se me arman unos quicos con la Susy, y luego ya tiramos a león al güey.

3/02/2006

Nora Carolina Rodríguez Sánchez

No se apendeje, vote por el Peje

La Explanada de los Héroes todavía permite el ingreso de otras cuantas cabezas.
Lupita Rodríguez, líder del PT, vocifera consignas aún no oficializadas, grita en el micrófono ¿Para qué grita? Se le olvida que hay amplificadores. Ahí está la plana mayor de nuestra izquierda regiomontana. Alcanzo a ver a Benavides, a Zapata, a Socorro Ceceñas, Beto Anaya; mezcaldos con los Camacho Solís.

Una banda llega y se acomoda en una jardinera: dos trompetas, una batería medio rascuache, dos flautas… nuestros ojos se posan sobre los rostros moreno oscuro, ojillos muy negros, caritas redondas y cabellos cortos y engomados… en eso, identifico al de la tuba: Narciso, mi alumno de la licenciatura. Interpretan el corrido de Monterrey, después el Sinaloense. Nos acercamos. Narciso nos ve y en sus ojos se asoma una ligerísima sonrisa. Me reconoce y le saludo con un gesto con la mano.

Llega en andanadas la gente. Pueblo llano que a lo mejor ni se bañó por el frío. Camina en grupos grandes de 15 o 20 y hace pequeñas filas indias, abre pancartas pobrísimas cuando llega al frente. Desde Aramberri, Villa de García, Apodaca, de casi todos los municipios del estado, las “Redes Ciudadanas” apoyaron el traslado hasta Monterrey.

Los niños corretean por la Macroplaza con sus banderitas amarillas con las siglas PRD, la imagen del sol azteca o las iniciales AMLO. Piden refrescos, comen semillitas. No se alejan del grupo familiar. Una niña se acerca a un señor que está leyendo un periódico y lo observa con curiosidad. A los niños les llama la atención todo, lo miran atentamente, ¡vinieron a Monterrey! Qué importa si es el circo, Luis Miguel o López Obrador!

Llega Marcela con una pancarta hechiza que dice: “Todas somos Lydia Cacho”, con dos fotografías en fotocopia de la periodista. Inmediatamente empieza a gritar: este dos de julio no se apendeje, vote por el peje, también grita: todas somos Lidia Cacho!

Hay algunos intelectuales entre tanto pueblo: ahí anda Araiza, Luis Lauro el sociólogo de la Quincena, Dante, Bárcenas con toda su familia; Miguel Cobarruvias, su esposa Silvia Mijares con una nievecita.

Convenzo a Ricardo mi pareja que me compre un paliacate amarillo, me lo pongo en la cabeza y recojo del suelo una banderita medio arrugada. ¡Ya tengo bandera!

Lupita sigue gritando. De pronto anuncia que nuestro futuro presidente de la republica ya llego. Y se calla. Da paso a la voz de Amaury Pérez cantando “No lo van a impedir”. La canción está en repeat y acompaño al Amaury por lo menos seis veces: a pesar del otoño… creceremos!. Hago mío el lema.

Llega AMLO y saluda con el dedo pulgar anunciando la victoria. Hace alusiones a la pujanza e industriosidad de Monterrey. Abarca todos los sectores en su discurso: se dirige a los pobres, a los viejos, a los maestros, a los industriales, a las mujeres. Habla de aprovechar la globalización, erradicar el neoliberalismo, generar un estado de seguridad, apoyar con una pensión universal a las personas de mas de 60 años –unos viejos que están atrás de mí dicen: ahí vamos nosotros-, servicios de salud, arreglar carreteras: la de Monclava, la de San Roberto. Dice que va a bajar los sueldos de los funcionarios, y el precio de la gasolina, que va a subir los sueldos por encima de la inflación. La alegría y entusiasmo son contagiosos.

Marcela grita: ¿estás oyendo, Fox? ¡Que corran los corruptos! En eso pasa un hombre como de 60 años, yompa, pantalón de mezclilla y sombrero, a quien le dice: que pasó, mi hombre Malboro, ya te vas? El hombre tiene un gran parecido con el de los comerciales. Sigue gritando: Andrés Manuel ¡Papacito!

La pejemanía no nos deja analizar si las propuestas son viables, ni si son congruentes o no. Una señora con cara de sicóloga grita: ¡yo te ayudo, Andrés Manuel! Cada vez que él hace una propuesta. La fiesta casi se acaba. Los vendedores de cigarros y dulces pasan con las canastas llenas. La gente del sur no vino a comprar. Los lonches están en los camiones. Hasta que se acabe el fandango comemos, les dicen a los niños.

Como ha pasado desde los últimos 70 años cuando gobernaba el PRI, así como el desacierto de los últimos 5 años y medio del PAN. A destiempo la izquierda mexicana suelta los cohetones en plena luz del día: 7 de la tarde. Las luces multicolores de los cuetes se apreciarían mejor en lo oscuro, pendejos.

Juan Ricardo Martínez Ávila

Caridad

Chale, carnal. Pobre güey, ya le ensartaron otro vaso de café. Con el frío que hace, y verlo ahí, echado en la banqueta, lo primero que se les ocurre pensar es: pobre bato, ha de tener un chingo de frío, y le encasquetan un café del Super Siete. Ahora de perdido no se quedaron en eso, también tantearon que tenía hambre y le compraron una pieza de pan, al gusto de ellos, ni modo de venirle a preguntar de cuál le gusta. No se vaya a poner sus moños.


Y ahí van, muy orondos, como si al güevón le salvaran la vida con un pan y un café, de lo que ha de estar harto hasta la madre. Y el cabrón pone su cara de agradecido y ellos se van muy contentos por su buena obra del día. Seguro que la idea debe haber sido de la morra, que por cierto qué buen culo se carga, porque los hombres somos muy ojetes para estas cosas. El bato debe haber pagado todo con tal de quedar bien con ella. Pinche viejo, canoso, gordo, pasado de los cincuenta y mira la vieja tan buena que trae.

Donde mueven su carro blanco, chido de veras, para irse, se alcanza a ver la ambulancia de la Cruz Verde con dos güeyes adentro. No sé qué esperan ahí, a lo mejor que haya un choque y les digan que hay que recoger un muerto o acabarse el café que compraron para quitarse el frío, nomás ellos saben su cuento. Lo que habían de hacer es cargar con el zarrapastroso ese y atenderlo de lo que sea, para que no esté ahí, dando lástimas. No se vaya a morir de frío el cabrón o se vuelva loco con tanto café que le meten. Ni lo han de ver ya, de tanto que ha estado ahí.

Y el güey parece que no tiene llenadero. Le pueden llevar diez, quince vasos y se los zampa. No sabe decir que no. Además, ¿Cómo va a echarle a perder la caridad a la gente? Ni le preguntan si quiere su café con azúcar o sin ella, negro o con leche o con crema o descafeinado o fuerte. Ahí te va este café, cabrón, y te lo tomas como te lo damos, porque no nos vas a echar a perder la caridad que te hacemos.

Lo peor es que mientras más café toma, más es lo que mea. Y ni modo que se levante de su lugar para hacerlo en el Super Siete. Ni siquiera lo dejan entrar, ¿cómo no va a miarse en la banqueta, parte por necesidad y parte por desquitarse de ellos? Ha de decir: ¿No me prestan su baño? Aguántense la peste, cabrones. Y no nomás les mea la banqueta. Ahorita de perdido hace frío y no huele a nada. Pero cuando hace calor, hasta acá llega la peste de su caca. Entonces sí que es un alivio acabar de vender el periódico para irme.

Por lo que se ve, la gente tiene que verlo a uno tirado, de güevón, o en las esquinas, pidiendo limosna, haciendo la faramalla de que está bien jodido, para que le ayude. Yo digo que cada quién hace lo que quiere con su lana, pero a ver, ¿por qué no se compadecen de mí, que estoy trabajando y me ofrecen un café con tanto pinche frío que hace?


Mis amores

¡Buenos días!... Dije buenos días... Eso, así me gusta, que saluden con entusiasmo, como corresponde a alguien digno de esta escuela secundaria. Mis amores, tengo dos muy buenas noticias que darles. La primera es que me quedo en la institución. Esto para aquellos que me preguntan con mucha angustia si siempre me voy a ir. Mis amores: me quedo un año más con ustedes. ¿Y por qué? ¿Por qué creen ustedes que me quedo? ¡Porque los quiero mucho! Porque ustedes son los hijos que nunca tuve. Por eso es que les digo que ustedes son mis amores. ¿Me estás oyendo, Rigoberto? ¡Fórmate bien! ¡Toma distancia! ¡No toques a tu compañero!

Como les decía: Los quiero mucho, mis amores. Ustedes son la razón de mi… Bueno, pero ¿no entiendes? ¿No estás oyendo que te hablo, Rigoberto? Como les decía, porque los quiero, por eso me quedo. Alguien, de mala fe, dirá que me quedo porque no tenía el puntaje suficiente para alcanzar la inspección. Yo le digo a esa persona: Dios sabe por qué hace las cosas. Si me ha dejado aquí debe ser porque me tiene encomendada una importante misión que cumplir. Por eso estoy contenta, mis amores. Porque su directora los quiere tanto que prefirió quedarse con ustedes que irse de inspectora. Porque, lo vuelvo a repetir, ustedes son mis hijos… ¡A ver, se ven muy chuecas esas filas! ¡Distancia, firmes, ya! ¡Que no se oiga ese golpeteo! Otra vez: ¡Distancia, firmes, ya! Así está mejor, mis amores.

La segunda noticia es todavía mejor. Ustedes conocen a la profesora Minerva, a la que cariñosamente le decimos profesora Mine. Ustedes recordarán que el año próximo pasado estuvo con nosotros, trabajando como auxiliar de tercer grado. Bueno, pues les tengo una grata sorpresa. La profesora Mine se queda con nosotros haciendo las veces de subdirectora. ¿Qué pasa? ¿Por qué ese cuchicheo? La profesora es una gran persona. ¿Me estás oyendo, Rigoberto? Deja de moverte y de hacer esos ademanes que no van de acuerdo a una persona educada. Recuerden lo que siempre les digo. El gran principio de Confucio: No hagas a otros lo que no... ¿lo que no qué?... No se oye... Muy bien: No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Hace unos días, un chiquito de primero me abordaba en el patio y me decía: Dire, ¿sabe qué?, la frase que usted nos vive diciendo ya me la aprendí. Ayer por la tarde le iba a echar una zancadilla a mi hermano y me acordé de usted: No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Y me dije que eso no estaba bien y no le metí la zancadilla. ¿Cómo la ven? ¿No es digno de aplauso ese chiquitín?

Pero retomando, les decía que la nueva subdirectora de nuestra institución es la profesora Mine, para la cual pido un afectuoso aplauso. Muy bien, mis amores, así me gusta. Aplaudan con energía. Como ella se lo merece. ¿Otra vez tú, Rigoberto? ¿No sabes aplaudir? Eso que tú estás haciendo es una burla. Así no se aplaude. Si vas a aplaudir así, mejor ahórrate el aplauso. Ahorita que pasen todos a sus salones, te espero en mi oficina, para entregarte tu papelería. Bueno, mis amores, ya no les quito más el tiempo. Estudien con verdadero ahínco. Y no se les olvide: ¡Los quiero mucho! Y tú, Rigoberto, no te vayas al salón, espérame en mi oficina. ¡Que tengan un buen día, mis amores!




2/28/2006

Luis Valdez

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2/27/2006

Moisés Arriaga

La bestia

Está buenísima la vieja”, pienso cuando advierto su mirada del otro lado del vidrio del Vips de Padre Mier. Seguramente una secretaria o cajera de algún banco. No dudo en recoger mis cosas, sacar un billete y dejarlo en la mesa. Salgo. Voy detrás de ella. Esquivo a una señora con bolsas de una tienda de telas, a una jovencita con cajas de zapatos y a un vendedor de globos. La alcanzo casi llegando a Juárez. Hace la parada a un camión. Yo también me subo. Pago y el chofer no me da boleto ni feria. No traigo feria jefe, cuando se baje se lo doy. No me importa. El camión va llenísimo, oloroso. Humo de cigarro, obreros y albañiles apestosos. Busco el trajecito sastre color azul que se columpia en la viga tubular. Está al final. Me acerco y ya están dos cabrones acechándola. Aprovechan cualquier movimiento brusco del camión para arrimarle cualquier cosa. Paso por detrás y uno de ellos me empuja con su mochila. A propósito me recargo en ella. Su pelo largo y ondulado en mi boca. Voltea y me reconoce. En el Mercado Juárez transborda mucha gente. El camión arranca e inmediatamente frena. En el meneo le arrimo mi verga bien parada a sus nalgas. Se abre la puerta trasera y sube un grupo de cholos con acordeón, guacharaca, tarola y bongoes. Empieza la cumbia. Sus nalgas se aferran a mi cachondeo. El camión es una bestia desatada Se desocupa un lugar y ella se sienta. El zarandeo hace que sus pechos se muevan desquiciados, sudorosos. Vuelvo a darle un arrimón, ahora a su brazo. Me rechaza. Mira al acordeonista de ojos morbosos que se dio cuenta de todo. El camión se detiene en Colón. Ella se levanta y se baja. Desde fuera me busca por la ventanilla, luego se funde en un abrazo con un tipo que la espera.

El Caracol

Apenas entras al Caracol y el tufo del vicio se impregna en tus sentidos. Dudas si quedarte a convivir con los borrachos, las meseras, los ausentes: las voces anónimas, esos rebeldes implacables que te escupen a la cara sin decir nada, o de plano volver a la calle Zaragoza donde caminarás sin rumbo hasta perderte. “No hay nada mejor que encontrar un amor a medida” dice la canción por la rockola. Entonces te quedas. Se abre la puerta del baño inundado, aparece Verónica que te saluda con un beso en la mejilla, ella te invita a que pases a la única mesa que está desocupada y tú le pides una cerveza. Te vas a la barra, contemplas la película porno que se transmite por televisión de paga, alguien te quiere hablar, volteas hacia tu compañero en la barra y te pide un cigarro. Al fondo ves a Verónica sentada en las piernas de un tipo. Maldito cerdo, por qué no la suelta. Piensas. Ella te hace una señal de que en un momento te lleva la cerveza. Logra zafarse del gordo pero no se salvó de que le tocara el culo. Antes de que te levantes llega Verónica con tu cerveza. Qué pedo con ese güey, preguntas. Nada, así son los clientes. Lo dice con una sonrisa y se aleja de ti.


La cascarita

Cuando llegué de la escuela ya me estaban esperando, estaban en la puerta de mi casa todos ansiosos, así que al entrar aventé la mochila en la sala y salí con el balón. Los de Abajo contra los de Arriba; éramos los dos equipos de la cuadra. Yo era el portero de Los de abajo, me decían el loco porque me valía madre aventarme de lado a lado de la portería en pleno asfalto, también era el narrador del partido, por eso no me perdía ninguna jugada. Cuando el sol se escondía detrás del Cerro de las Mitras ya casi no pasaban carros por la avenida Ruiz Cortines, colocábamos dos piedras en cada acera y esas eran las porterías, entonces empezaba el partido:

“Con alma, vida y corazón. Arranca el clásico de Valle Verde 3er sector entre los de Abajo y los de Arriba...”

El partido era una catarsis, si alguien te caía mal era el momento para desquitarse con una patada aunque se corría el riesgo de que se armara la trifulca. Otras veces aprovechábamos cuando, por la banqueta, pasaba doña Juana la chismosa para darle un balonazo o de perdido meterle un susto.

Esa vez me lucí, le atajé varios tiros al Chino que era el mejor jugador del barrio, me lancé más de una vez cual Jorge Campos en sus mejores tiempos hasta que alguien dijo: “el que meta gol gana”. El chino codujo el balón desde su portería fijando su mirada en la mía...

“Salen los de Arriba con balón dominado, conduce el Chino, se quita a uno, dribla a otro, hace una pared, queda mano a mano con el portero, ¡disparaaaaa!...”

Alcancé a rozar el balón con los dedos y caí al piso al momento en que se escuchó un estruendoso ruido. ¡En la madre, vidrio!

Cuando se quebraba un vidrio de una casa la regla era: el que pegaba pagaba. Y los muy pinches dijeron que el último que tocó el balón fui yo cuando la desvié de mi portería. Ese día me fue mal, Doña Juana me ponchó el balón, tuve que pagar un vidrio con el dinero que me daban para la semana, y me raspé todas las rodillas, además de la regañada que me metió mi madre.

En la cuadra ya no hay partidos, la calle está llena de carros porque algunos vecinos ya tienen hasta dos y después llegaron los negocios, las disputas en el barrio ya no son por el futbol, ahora son por el estacionamiento. Ni tampoco se ponchan balones, ahora se ponchan llantas.

Rubén Mascareñas

¿NO TE GUSTAN LOS PELLEJITOS?

Allá por los sesentas se establecieron en Monterrey las primeras rosticerías. Había dos: el Tai Shan, que estaba por Calzada Madero, antes de llegar a Bernardo Reyes si va uno hacia el Hospital Civil, donde ahora está el Cabrito al Pastor, y la otra, cuyo nombre no recuerdo, ubicada por Washington, esquina con Pino Suárez, donde ahora se halla una Michoacana, donde venden aguas frescas.

Era un gusto ver los pollos dorarse lentamente, girando en el rosticero mientras el propietario los rociaba con algo como achiote, seguramente, pues era un jugo de color rojo, usando una brocha de ixtle. Poco a poco iban adquiriendo el color rojizo característico, variando a café, al irse dorando más y más.

Los dueños siempre eran muy atentos con el público: “Tan mu lico lo pollo, mu lico”, decía, entre sonrisas zalameras e inclinaciones de cabeza. También era un show verlo desprenderlos uno a uno de la barra de acero en que estaban ensartados, y ponerlos para mantenerlos calientes, sobre la plataforma del aparato rostizador, llena de la grasa que constantemente goteaba mientras se iban cociendo los pollos. Su olor era delicioso, y para la vista era un anticipo de suculento banquete.

Mi hermano Jorge y su esposa, Nely, clientes asiduos de cuanta taquería y restaurante se hallan en Monterrey, acudieron en cierta ocasión a la rosticería de Pino Suárez y Washington, acompañados de Juan el Macho y su esposa. Lo más rico del pollo eran los pellejitos, doraditos y crujientes, rojizos y sabrosos. Nely, según la costumbre de reservarse para lo último lo más delicioso, iba apartando los pellejitos y los colocaba a un lado, en el platito adicional que ponía el chino para colocar los huesos.

Por su parte, Juan, un comilón de primera, disfrutaba su pollo y les echaba un ojo, el único que tenía, el pobre, a los pellejitos que Nely iba juntando pacientemente, De pronto, y sin decir agua va, dio el manotazo sobre ellos, al tiempo que exclamaba con su vozarrón: “¿No te gustan los pellejitos, Nely? Y en un mismo movimiento se los echó a la boca sin dar tiempo a mi cuñada para reclamar nada.

La frase se quedó grabada y vuelve a la memoria cuando de comer algo sabroso se trata y se advierte cierto remilgo en alguno de los comensales.

¿Arrepentido, Diego?


¿De veras fuiste tú, Diego? No puedo creerlo. Tan bueno que te veías. Tan diligente con tu novia y con sus hermanitos Eric y María Fernanda, de 7 y 3 años, cuando llegabas a visitarlos a su casa. Hasta tenías llave. La "chacha" te conocía muy bien. Nunca nadie pensó que harías una cosa así. Sí, tu promedio en la escuela no era de excelencia, pero ya ves, a Einstein lo reprobaron en matemáticas y llegó hasta el cielo en cuestiones científicas. En lo que sí te destacabas era en Educación Cívica y Ética. Recuerdo lo que decías en la clase de Valores: que la vida humana hay que respetarla, que hay que arrostrar los peligros que sean necesarios para defender a la familia, que la religión nos protege contra la maldad de los demás, que si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?, y así por el estilo.

Tampoco me cabe en la cabeza que en tu bonita familia tus papás te hayan dado malos ejemplos y que hubieran influido para que hicieras lo que hiciste. Ahora, la familia de Erika, tan buenas gentes; de las mejores familias de la colonia Cumbres... Por más que me esfuerzo...no. No puedo aceptarlo. No, definitivamente no puedo creerlo, y aunque me digan que te atraparon cuando huías a Guatemala junto con tu hermano, y que te trajeron custodiado con 23 patrullas y cincuenta motos, y que ya estás en el Penal y que te van a dar cincuenta años o más.

Yo quiero creer que puedes ser inocente, que no lo hiciste adrede, que dentro de ti amas a tu novia. Y a pesar de que digan que tenían un pacto suicida, luego de herirla de muerte te viste como un niño asustado y te hiciste para atrás y no pudiste matarte en el Puente Atirantado. Que en el mero puente te arrepentiste, aunque querías tirarte. A lo mejor te convenció tu hermano. La vida hay que vivirla. Mejor te fuiste a Saltillo.

Sí, yo sé que te ayudaron tus familiares, que traías muchas tarjetas de crédito y teléfonos celulares, para lo que pudiera ofrecerse. Que te esconderías con otros familiares que tienes en Guatemala. Y como dice el dicho, en vez de Guatemala ahora estás en Guatepeor, y lo primero que van a hacer los otros presos es darte para adentro, pa que sientas un poquito del sufrimiento que has causado a esta gente.

Pero de todos modos, tu conciencia estará tranquila. Hay un Dios muy grande que te perdonará todo, si te arrepientes. ¿Cómo? ¿Qué, no te arrepientes? ¡Te vale madre lo que piense la gente? No, definitivamente no eres el Diego Santoy que yo conocí.

La narcoabuela

-Nos pescaron, güey. Ni la esperábamos, la chota, digo, llegaron y nos agarraron con las manos en la masa. Sí, estábamos con la Abuela. Casi ni teníamos nada. Son exageraciones de estos batos. Todo iba bien. Éramos poquiteros. Siempre teníamos quién nos avisara cuando hubiera algo, pero ahora nos falló. Nos sitiaron sin avisar, ahí en la colonia, en la Prados de la Cieneguita, sí, de Apodaca. Eran un chingo de polis, federales y estatales. Venían disfrazados. Ni nos dimos cuenta cuando nos cayeron. Hasta Juez de Distrito traían.
La Abuela ya tenía rato trabajando, casi tres años, ni nos molestaba la policía, nomás que al entrar ya vieron lo que teníamos y arrasaron con todo, dizque eran pruebas para demostrar la venta… A mí me dio mucho miedo, me metí en el ropero cuando empecé a oír los gritos, nomás que cuando buscaban la droga me encontraron. Casi me cago del susto.
La casa de la Abuela era la más bonita de la cuadra, Ya está jubilada del Municipio, aquí en San Nico. Mi tía traía su credencial del Departamento de Desarrollo Social, pero no le valió. A la abuela todos la conocen, y le compran, hasta le dicen “La Esposa del Chapo”.
Pos todo el pedo duró como hora y media y nos detuvieron a todos, a mí, a mamá y a mi tía y también a la Abuela, contoy droga y dinero. Más o menos como a las 10 y media de la noche. Como dos horas después nos quisieron declarar, pero no dijimos nada. La abuela sólo estaba llorando. Luego nos trajeron aquí, al Hospital Universitario. El médico dijo que la Abuela traía los bronquios inflamados y mucha tos.
Según ellos nos quitaron 75 piedras de cocaína, 2490 pesos, 5 dólares, una báscula, dos rollos de aluminio, dos paquetes de bolsas y como unas nueve credenciales.
Qué gachos, no tuvieron compasión de la pobre Abuela, con bronquios y tos. Ya ni la amuelan.

Machaco, machacas, machacado

Las diferentes regiones de México tienen cada una sus platillos tradicionales: el mole poblano, los tamales oaxaqueños, veracruzanos o norteños; el zacahuil, tamal enorme que se prepara con piezas de pollo, puerco y pescado, mariscos, etc., envuelto en hojas de plátano, con el que se puede alimentar a gran números de comensales.

Cuando uno viaja, echa de menos lo que comía en su país: los sabores, los olores, el aspecto exterior, la forma de servirlo, los condimentos, las tortillas, ah, las tortillas… como cuando decimos que una cosa no es fácil: “no creas que es comer tortillas de harina”, o también, “si son de harina, ni me las calientes”.

Sandra, mi hija, y Adrián su esposo compraron machacado de la marca Tía Lencha para llevarle a Oscar, mi hijo menor, que estudia en Irlanda y que junto con Ale, su esposa, los va a encontrar este fin de semana en Nueva York, a donde viajan para escuchar a Billy Joel, que estará cantando en el Madison Square Garden. El machacado tendrá como destino final Limerick, Irlanda, donde mi hijo y Ale podrán agasajar a sus amistades con platillos al estilo norteño. Una delicia al paladar, y un contraste con la comida irlandesa, bastante desabrida, por cierto.

Para la gente del norte no hay como almorzar o cenar un buen plato de machacado, que puede guisarse con salsa, con huevo, prepararse cocido en caldillo, servido en tacos o chopeado con frijoles refritos. Ah, ese olor del aceite a punto de hervir, o el de la manteca de puerco. Esa sensación de anticipación del deleite que nos trae el olor de la carne que previamente se ha deshidratado y macerado (acá entre nos, secado y golpeado) se verá colmada con creces en un buen plato de machacado.

Este platillo ya es un platillo nacional, y lo mismo se sirve en el norte que en el sur y el centro de la República. El modo de prepararlo consiste en calentar el aceite o la manteca de puerco, ponerle la mitad de una bolsa de 50 gramos, suficiente para dos personas; cebolla, que se dora con la carne, y salsa picante, según el gusto. Después de que hierva la salsita se le ponen los huevos. Cuando se empiezan a cocinar se mezclan con la carne, revolviendo un poco, despacito, sin batirlos. Al impregnarse con la salsa, los huevos quedan recogidos, no aguados y el platillo ya está listo para servirse.

Con el comal caliente, se cuecen las tortillas de harina, de la marca Tío Chuy, que se venden crudas en la carnicería San Juan. Con ellas se pueden preparar deliciosos tacos o chopearse en el plato.

Una variedad es el machacado a la mexicana, donde en vez de salsa, todo va picado: chile, tomate y cebolla. También se prepara el machacado sin huevo, con pura salsa.

En cualquier presentación, el machacado (“machaca” en Sonora y Baja California, y ”aporreadillo”, en Guerrero) es uno de los platillos norteños más apetitosos.

Luis Báez

Diego Santoy, el supervillano número uno de Monterrey

¿Para que repetir lo que ya todos sabemos? Me refiero a lo del Diego Santoy, que a todos nos sacó un pedote. Aunque yo andaba atrasado con la noticia, había visto la foto del güey casi a diario en la tele. Nomás sabia que se había echado a alguien y yo como orgulloso regiomontano pensé: ”total, un asesino mas pa´ la city”.

También había visto que se traían una campaña en contra de la violencia los de la prensa y yo me imaginé que nomás les había nacido de dientes para afuera lo pacifista. Me enteré de la tragedia por un amigo al que le dicen “el loco”:
-Oye ¿pues que pasó?, ¿Cómo estuvo el borlote?
-No pues a este chavo Diego, lo había dejado la novia y para vengarse se la cobró con los hermanitos de 3 y 7 años. La mera verdad, sí estuvo bien cabrón.

También me había contagiado la popularidad del asunto. Tuve curiosidad de conocer más sobre los hechos para saber el por qué que todos nos preguntamos. Pero, ¿y el asesino? Del asesino nunca sabremos el por qué, nunca encontraremos los motivos reales de sus hechos. La respuesta solo la pudiéramos hallar en su mente, donde desgraciadamente no podemos ver.

Por si acaso ya pasó mucho tiempo de esto, y mis palabras no se han muerto, quiero dejar constancia de lo que veo ahorita: Monterrey quiere linchar al mentado Diego. Aquí en el Monterrey medieval la violencia se cura con violencia. Se nota en todas partes, a todos nos ha conmocionado el evento o mínimo nos ha puesto a pensar un poco….Primero los adultos mataban adultos, luego los adultos mataban niños y ahora los niños matan niños. Nomás de pensarlo ya me puse todo ñañaroso, como dirían los hermanos Lelos.

En el momento que escribo esto, tal vez el llamado “mataniños” ya haya recibido su sentencia definitiva. Podría ser que les suene poco “regiomontano” de mi parte que diga que el tal Diego me da un poco de pena. Afortunadamente (tal vez) en México no tenemos la bárbara tradición de la pena de muerte en la actualidad. Pero si uno se pone a pensarlo, ese niño ya acabó con su vida; le espera el resto de su existencia en una celda, buscando pasatiempos para no olvidarse que sigue vivo y su mente está activa. Los presos ansían su llegada al Penal con odio para violárselo, chingárselo, o que se yo. Tal vez en lo que le queda de su vida no vuelva a tener ningún amigo.

Estoy en la Central de autobuses y por mis 20 años (casi la misma edad que Santoy), siento que la gente a mi alrededor me mira como si de repente fuera a matarlos, observándome, estudiando mi rostro, desconfiados. Es la Santoyhisteria, señoras y señores.

En Ciudad Gótica tienen al Guasón, al Pingüino y al Acertijo; en Metrópolis tienen a Lex Luthor y en Monterrey tenemos a Diego Santoy Riveroll.


Don Chendo

Ahí iba corre y corre en calzones y chanclas hasta el puesto. Para que el taquero que se ponía enfrente de mi casa me regalara uno o dos tacos, “tacos al vapor dietético”, decía el letrero. El lugar era chiquito pero todo mundo quería ir con Don Chendo. Algunos almorzaban ahí todos los días aunque hubiera que pedir fiado. Se acababan los tacos y luego luego iban a avisarle a la esposa de Don Chendo para que trajera más. Había de chicharrón, de picadillo y de otros que se me olvidaron. Cuando me cambié a otra casa comencé a ir menos seguido y luego nunca. Ya hace 17 años de esto y ahí sigue Don Chendo, como si los años no hubieran pasado en ese puesto de tacos.


El Huinalá

Eran las 9 de la noche y había estado esperando a el Huinalá media hora. Al fin decidí subirme a uno aunque estuviera hasta la madre de gente. Yo tengo la costumbre de ir leyendo en el camino y a veces me siento en el bordito que señala donde están las llantas traseras nada más para ir leyendo a gusto. Supongo que leo para no tener que vivir yo mismo, pero total, esa vez me moría de aburrimiento y me puse a ver por la ventana. Ya sabia que me iba a tocar parado todo el camino a casa. Pensé: ojalá y se subiera el viejito del Huinalá que es un tipo de lo mas divertido, que a veces llega medio borracho y hace el mejor show que visto en Monterrey. Canta y baila alrededor del camión. Ni le hacen falta instrumentos, los escalones son sus percusiones y el mismo hace los adornos musicales con sonidos, gritos y gruñidos. Su repertorio incluye a Rigo Tovar, entre otros. Qué Auditorio San Pedro ni qué Teatro de la Ciudad, ahí no tienen este tipo espectáculos. Una vez se puso unos colmillos de plástico, se creía el hombre lobo. La situación se puso divertidísima, que más le podría pedir uno a la vida en esos momentos.

Pero esta vez nunca llegó el pinche viejillo y en lugar de él me encontré a un místico que platicaba con alguien sentado a mis espaldas.
-Yo soy un marrano, soy un burro, tú tienes el conocimiento, diosito hizo a cada quien…
Y a continuación hablo de los mineros muertos en Coahuila y de las injusticias de los dueños del poder en Monterrey respecto al asunto.

-¿Y has escuchado de la muchacha esa que vive en Espinazo?, esa niña tiene superpoderes, ¡superpoderes!, y si tiene superpoderes ¿porque no fue y salvo a los mineros?, puras tranzas te digo.

El señor iba ya a bajarse, ahí fue cuando me di cuenta de que era de edad avanzada. Dijo en voz alta:
-Dios los bendiga a todos
Y cantó al ritmo de corrido
-Ay estas vidas perdidas, nunca pierden la esperanza...

El observador

Primera Observación
Pareja #1
Novio- ¿Quieres casarte conmigo?.
Novia- Estás pendejo, lo que quieres es una sirvienta que te haga de comer y te lave la ropa.

Pareja #2
Novio- ¿Quieres casarte conmigo?
Novia- ¡Enrique!... soy tan feliz… te amo.

Conlusion:
El sujeto femenino número uno expresó sus pensamientos sinceramente y el sujeto femenino número dos andaba tras la lana de Enrique.

Segunda Observación
El sujeto 1 y 2 trató de llevarse a la cama a dos mujeres y a las dos les dió: “puta”, una sintió que la ofendió muy cabron y la otra le dijo: “¡Si!, ¡dime que soy una puta!“


Conclusiones:
1.-El primer sujeto femenino le dio un cachetadón al sujeto masculino y le dijo que era un marrano,
2.-Al segundo sujeto femenino se la metieron, la chupó, se la metieron otra vez y ambos se dijeron muchas groserías.
3.-Las mujeres de la sala vieron con ojos cachondos al observador.

-¿Alguien tiene algo mas que añadir?
- Sí, ya me aburrí.

2/24/2006

Leticia Ruvalcaba

Estudiaste para pianista y saliste costurera
Recuerdo que mi madre tocaba piano y pintaba unos cuadros hermosos, cuando era yo una niña, así me comenta doña Lucinda, mujer de 84 años, que vive tranquilamente, madre de siete hijos y amante de la platica y las anécdotas.

Nació en Higueras N. L. donde aprendió a hacer la famosa carne seca que deleita los desayunos norteños. Se cortaban las cecinas de res después de matanza, se escogían de un tamaño regular y las apaleaban en un tronco, conservado desde hacia muchos años en la familia, tronco que pasaba de mujer en mujer, hasta darle a la carne un mismo espesor. Saladas las cecinas se colgaban en las alambreras. Las alambreras son unas jaulas especiales, hechas de tela mosquitero, alargadas y rústicas, que tienen unos alambres donde se pueden colgar las cecinas ya maceradas y saladas. La carne duraba en las alambreras asoleándose el tiempo necesario para secarse y así se guardaban, sobretodo en los tiempos donde no se podía acceder a la
refrigeración o congelación fácilmente.

Nuestras comidas, me comenta doña Lucinda, muchas veces las hacíamos con cecinas que se sazonaban en las brazas y luego en un acero acitronábamos cebolla, le agregábamos la carnita y huevo, y a chuparnos los dedos, mmmm, recuerdo el sabor de esas comidas con la familia. También las comidas las acompañábamos con pan de elote, que hacía mi madre, exquisito, bollos de queso o cuajada de leche, sin faltar los frijolitos.

Los quesos los preparaba mi madre y yo le ayudaba. A la leche le agregábamos una pastilla para cuajar y de ahí salían dos tipos de queso uno fresco que se prensaba y otro tipo asadero, que se ponía en la plancha y quedaba riquísimo.

Ahora los años son más cortos, recuerdo que antes la cuaresma se me hacía largísima.

Entradas en la platica, le pregunté qué pensaba sobre las computadoras, jocosa me contestó que cuando les pregunta a sus nietos ¿qué es chatear? y luego que le explican, se le hace tan raro ver como se comunican hoy, pues, me dice, cuando yo estaba en la primaria usábamos el ábaco y todavía recuerdo los nombres de mis maestras, exclama contenta.

También me acuerdo que de Venustiano Carranza hacia el Obispado era puro monte, me iba caminando con papá hasta el cerro y era la única calle que estaba empedrada, se veía muy larga.

En la primera inundación que me tocó vivir el agua del río Santa Catarina llegó hasta la Purísima, había mucha agua por todos lados. De las cosas que más me gustan es coser y mi madre me decía estudiaste para pianista y saliste costurera.

El Triunfo, BCS

El triunfo, Baja California Sur, pequeño lugar que se encuentra entre La paz y Los Cabos, fue un pueblo minero desde 1862. Floreció la cultura, sobretodo la música. Se formó, además de mexicanos, por gente de Rusia, Inglaterra, Italia, China, Francia y Alemania.
Actualmente es una ciudad con 365 habitantes, cuantos tuvo antes, no lo sé, tal vez diez mil, pero denota auge ancestral.
Hace días tuve la oportunidad de conocerlo. Es una pintoresca villa, llena de casas construidas, en su mayoría, con piedras, acomodadas de coloridas formas. Casas forjadas con lajas de diferentes tamaños. Hay una que llamó mi atención, está fabricada con pequeñas piezas de piedras cafés, muchos tonos de café, están dispuestas artesanalmente, lo que hace que la vivienda se vea acogedoramente hermosa.
La edificaciones en general tienen su toque original, mezcla tal vez, de los diferentes pobladores que han pasado por su suelo.
En ese pequeño pueblo hay un museo atrayente, es un museo de música, formado con pianos e instrumentos musicales donados por descendientes y familiares de los fundadores. Hay Baldwins, Steinways y un Clavicordio viejo.
La galería es atendida por un personaje digno de Fellini. El maestro de música, maduro de estatura mediana, viste traje negro acompañado de corbata de moño, zapatos bien lustrados. Inclina su cabeza hacia el lado derecho, perpetua tortícolis. Su blanco rostro cubierto de maquillaje, cejas mal delineadas, labios pintados en rosa claro y el cabello negro ondulado. El cuello de la blanca camisa muestra huellas de maquillaje, bien planchada con la corbata ladeada, haciendo juego con la cabeza. Todo un musicólogo. Nos llevó a un recorrido por las salas, exhibiendo su amplio conocimiento.
Al salir del pueblo, desde los cerros se recrea la vista con el paisaje de las especiales viviendas.

El maestro de música

Hoy es su primer día de estudiantina. La iglesia de La Purísima decidió participar en el encuentro musical de estudiantinas a celebrarse en los patios del Palacio Federal. La cita es con el maestro Raúl en el aula junto a la iglesia. El profesor escogerá 15 chicas de las 50 inscritas.
Laura llega contenta, con una mano transporta su guitarra y en la otra sus fantasías de cantante.
-Bienvenidas jovencitas, comencemos con la evaluación, pasarán primero a tocar cada una con su instrumento- indica el profesor con voz pausada.
Se acomodan en fila. Laura, ansiosa, se apresura a tocar cuando el maestro se lo pide.
Tras breves pisadas musicales, el profesor le dice con amabilidad: –hijita, por ahora no toques; pásate a la fila de canto.
Después de que terminan las instrumentistas, el maestro les habla: –ahora van a cantar una por una un fragmento de Morenita mía.
Llega nuevamente el turno de Laura, la emoción se agolpa en su garganta y canta el segmento que le corresponde.
–¿Qué instrumento tocas?, pregunta el maestro invidente, volteando la cara al infinito.
–Guitarra, contesta Laura, inquieta.
–Pues por lo pronto no vas a cantar, sólo tocarás guitarra.


Una regia entre tlayudas

En las calles próximas al mercado de Oaxaca. Se ve un vaivén de turistas. Hay ostentación de lenguajes extranjeros. Nuestros dialectos en sinfonía. Los oriundos vendiendo mercancías y alimentos. Voces musicales. Listones, pulseras y collares bordados acompañan a la marchanta. Las ofrece a buen precio. Las bordé con mis hijas el mes pasado. Una niña sonríe con grandes ojos negros. La calle está llena.
Sentada frente al comal de barro: la doña, mujer regordeta con falda negra enredada en la cintura. De cinto listón policromo bordado. Blusa de algodón con florido paisaje de hilazas. Rojos, azules, verdes y amarillos. El fogón a punto. Tizón. Masa tersa en vasija de barro. La doña trabaja con estilo. Los colores del maíz traspasan al arcoiris. La fila indica buena mano. El cesto con las tlayudas de maíz aguarda. Mi turno se acerca. Algarabía en el entorno. El pote con quesillo blanquea la tarde. Los moles destellan sabores. En mi estómago revolotea un diente de ajo. Sigo yo. Con las manos que cocina, cobra. Me da una tlayuda morada con quesillo y negro, pido salivando la boca. La cocinera se enjuaga en una tina con agua usada. Sus manos inician el ritual. Hay orden y gracia. Urnas con mole verde, rojo, negro y amarillo. Extiende la masa en el comal. El calor la devora. Una vuelta a la tlayuda es suficiente, le unta el mole negro. Un puño de quesillo basta. Me la entrega envuelta en papel estraza. El punto está dado.
La plaza fértil y congestionada. Los pájaros abundan y revolotean en el follaje. Hay cacas por doquier. El viento trae frescura. Encuentro la banca apropiada, limpia y con sombra; el aroma de la tarde me acompaña. Dispuesta hinco mis dientes en la tlayuda. Florecillas seducen desde los jardines. La mezcla de sabores juguetean en mi boca. Trago. La pasta se desliza por mi garganta. Me deleito. Exóticos sabores vacacionales. El ajo protege mi vientre de tempestades. La venganza de Malinche se evapora.

Tú sabes güey


-Ni sabes, me habló
-¿Neta?
-¡Neta!
-¿Neta?
-Claro güey, neta
-¿Neta?
-Tú sabes güey
-Qué oso
-Claro que si, güey
-O sea güey, que onda
-Tipo que, me llamó temprano, ya sabes
-Ya seee
-Le dije ¡jelou, jelou!
-Igual y si, güey
-Donde andas güey, es temprano.
-¿Neta güey? ¡Jelou!
-Claro güey
-¡Qué oso!
-¿Me entiendes cómo?
-Si güey
-Pero le dije güey, le dije
-Neta güey
-Claro güey, le dije por qué me llamas a esta hora
-Qué oso güey, qué oso ¿a esa hora?
-Tú sabes güey, acababa de llegar
-Neta güey, qué oso
-Mamá, la neta, ni en cuenta güey
-Claro güey
-Llegué tipo a las siete
-Temprano güey
-¿Sabes cómo?
-¿Neta?
-Temprano y me llama güey
-Nooombre güey
-No maaaanches güey


El metro

Tomo el metro. Busco un lugar donde sentarme. Lleno. Del asiento nada. Sigo buscando. Nada. Me quedo de pie frente a la ventana. Paseo por la ciudad. Me voy acordando de la secundaria. Camión ruta 4. Corriendo para alcanzar un asiento libre. Pero siempre presta para ceder el asiento a alguna viejita. O alguna madre con bebé. Me veo jugando en el pasillo. El chofer sonriente. Pero ahora, qué diferencia. Gruñidos por doquier. Ancianas de pie. Embarazadas apenas equilibrándose. Calle Juárez. Letreros empalmados. Cantinas abiertas día y noche. Apiñamiento. Carros de tacos. Puesteros desempacando. Congestionamiento vial. Loncherías saturadas. Techos con chatarra. Calejones de miedo. Parada Central de autobuses. Transbordo. Encuentro un lugar vacío. Me siento. Sin paisaje. Mejor me duermo.


El invierno

Queta mi vecina es alegre y servicial. Pero al inicio del invierno se transforma. Se enoja por las hojas de colores que tira mi árbol. Una vez a sugerencia de mis vecinas saqué el árbol con copa grande y lo transplanté en un rancho donde se dio fuerte. Un buen día en el centro de la jardinera invadida por la hierba, apareció una solitaria ramita, no imaginé que fuera parte del árbol, pero la regué. Hoy es un árbol fuerte y es el más grande del barrio. Cada otoño, Queta barre que barre deslizándose por la calle y llena bolsas grandes con las hojas secas. Me espía al salir por la mañana.
-vecina ¡buenos días! Cuantas hojas hay en la calle.
-colorido paisaje ¿no cree?
-pero se meten hasta la cocina.
-yo las uso como abono para el jardín.
-pero se vuelan con el aire.
-¿se fijó en los tonos amarillos-anaranjados-cafés-ocres?
-me canso al recogerlas.
-podríamos lucirlas.
-los de la basura no se las quieren llevar.
-mañana hablo con ellos, nos vemos.

Después del trabajo, al llegar a casa por la noche, las bolsas de basura intactas frente a la jardinera.
-¿ya se fijo vecina?
-si, bonito día.
-ayer el camión no se llevó las bolsas.
-¡venga Queta! sienta las hojas crujir bajo sus pies.
-ya cayeron más hojas anoche.
-¡venga! respire, nuestro barrio es diferente.
-se me ensucian los zapatos.
-imagínese un árbol así en cada casa.
-cuantas bolsas de basura.
-¡y cuánto oxígeno!